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30 de enero de 2014

Un hombre de palabra

Seguía produciendo, la creatividad desatada, y sus textos inéditos desbordaban los cajones del escritorio, obstruían los pasillos de su casa. 
Porque él, además de ser un purista del idioma, era incapaz de ofender a nadie. Pero si la crítica, los entrevistadores, sus colegas, las reseñas, y quien redactara la solapa de aquel libro publicado hacía cinco años habían asegurado que era “la última novela de… (y citaba su ilustre nombre)” seguramente así sería. No se había animado a herir susceptibilidades ajenas y a corregir el giro “última novela” por “su novela más reciente”. Le daban ganas de decir “pero no he muerto y sigo produciendo”. Callaba. Por eso, todo lo que escribiera después de aquel volumen  –era el mandato implícito- debía quedar inédito; si no, la novela mencionada dejaría de ser última obra. 
Y él, con su proverbial precisión lingüística obedecía, con tal de no ofender a los profesionales.

Brevedades-Antología argentina de cuentos re-breves. (Selección y prólogo por Martín Gardella). 
 Ed. Manoescrita, Buenos Aires, 2013.

5 de octubre de 2013

Leyenda Maorí

Un hombre era muy feliz por tener seis hijos sanos y fuertes. Para celebrarlo, organizó una fiesta. En el transcurso de la misma  los seis muchachos debían arrojarse al mar simultáneamente. El que tardara más tiempo en salir a la superficie -señal de que había alcanzado la mayor profundidad-, ganaría el premio: doble ración de pan. Así fue como los jóvenes se lanzaron a las olas. 
Pasaron los minutos y no aparecían. El tiempo y las sombras avanzaron, la algarabía inicial se acalló. Cuando ya todos los daban por muertos, de entre las olas saltaron en el aire y volvieron a zambullirse seis enormes peces desconocidos que parecían sonreír. Asomáronse un par de veces más y después se alejaron haciendo cabriolas en el agua.

El hombre comprendió que sus hijos se habían transformado en delfines.

1 de octubre de 2013

Medicina Moderna

Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera. "Hay que operársela" diagnosticaron.
Le sacaron la cabeza del fémur. 
Ahora camina sin dolores y sin memoria.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

20 de septiembre de 2013

Adicción

Se habían conocido en un congreso científico internacional. Ambos eran investigadores renombrados. Pero ella tenía una segunda, secreta pasión: la danza del tango se le había clavado “como un puñal en la sangre”. Nada más oír la música, corría a una milonga a abrazar y a ser abrazada, a vivir –por unos minutos- un romance ideal con un hombre inexistente. Pero también creyó que por la edad y el curriculum, era hora de establecerse. Él le pareció un postulante adecuado. Guardó los zapatos de baile y le dio el sí.
Antes de casarse, habían precisado dos cosas: él, por ser extremadamente celoso, no la dejaría ir sola a ninguna parte (sería capaz de matar, reforzó); ella exigió que en la casa se escuchara sólo música clásica.
Por un tiempo fueron felices.
Un día él trajo una colección de viejas grabaciones del dos por cuatro. “Son clásicos” se justificó y las notas llenaron la casa. Ella anunció “salgo una hora” y escapó hacia un local de baile.
Regresó con los ojos brillantes, la cara arrebolada. Él se acercó a besarla; aspiró los perfumes varoniles que, superpuestos en capas, cubrían las suaves mejillas. Entonces ella adivinó todo lo que iba a pasar por el gesto de él, por el temblor que lo estremeció, por cómo se puso pálido antes de dirigirse al dormitorio. Ella adivinó, antes de oírlo abrir violentamente un cajón, antes oírlo volcar su contenido en el piso, antes de oír el disparo.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

15 de septiembre de 2013

Abrazo

Cuando terminó la música, la rendida bailarina de tango le dijo a su pareja:
- Caballero, ¡el suyo sí que es un abrazo contenedor!
El compadrito retrocedió un paso, se miró las manos sorprendido, volvió a mirarla a ella.
- Está equivocada, señorita. Yo siempre bailo sin tenedor ... y sin cuchillo –y se retiró, ofendido. 
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

8 de septiembre de 2013

Romance

Durante el tiempo que se encontraron regularmente para salir juntos, ella llevaba manzanas en la cartera. Caminaban mucho, casi hasta el agotamiento: cuando caía el sol, se sentaban en un banco de plaza y comían las manzanas. Hablaban sobre películas, sobre el calentamiento global y las modificaciones que la cibernética producía en la vida cotidiana. Después, él la acompañaba hasta la puerta de la casa. Se despedían con un ardoroso beso que invariablemente preludiaba lo que nunca se concretó porque él partía apurado, también invariablemente.
Y así, sin cambios, pasaron dos meses hasta que ella conoció al hermano de él.
e-Nanos 
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

16 de junio de 2013

Sábado promete fiesta

Mañana sabatina en el mercado; gris, llovizna. El joven pollero Juan reflexiona en voz alta: "El miércoles cumplo un año de casado. Me encantaría regalarle un anillo con un brillante a mi mujer". María, la verdulera lustrosa y gordita, suspira: "¡Ay, no sé! Será que soy una mujer de gustos sencillos, pero a mí me gustaría otra cosa, algo más simple, más ..., más ..." Se ha sonrojado y mira de reojo a su compañero Santos, quien sigue frotando manzanas con un paño y calla.
María tenía razón. Después de varios años, Ernesto (el pollero divorciado) y ella siguen juntos.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

30 de octubre de 2012

Coincidencias

Como opuestos complementarios, hemos coincidido en todo desde el primer momento.
Él ama el frío, adoro el calor; él prefiere el día, me activo de noche; él es carnívolor, elijo las verduras; él es devoto, yo no. Los deportes le atraen, prefiero los libros. Ama la montaña, lo mío es el mar.
Tanto coincidimos, que aun en esto estuvimos de acuerdo: nos divorciaremos.
e-Nanos
Macedonia Ediciones-Morón-2010

23 de junio de 2012

Hermanos

Para darnos leche, tengo una sola oveja con su cría, pues soy labrador. Cuando el frío se clava en el valle, mi mujer me recuerda:

- Caín, guárdalos en nuestra choza.

El corderito es blanco, perfecto. Si retoza entre los campos se diría que una nube ha descendido sobre la tierra. Si bala, los lirios parecen responderle. Tiene el hocico húmedo. Pronto mi hermano Abel lo llevará a los montes, junto con su rebaño numeroso. Allá arriba la hierba es dulce y fuerte el aire. Será más sabio que yo mi cordero, pues desde las colinas verá al ángel con la espada de fuego guardando la entrada al Paraíso que dilapidaron nuestros padres. Mas he de perderlo, porque Abel lo reclama como pago por el servicio de la oveja y mañana debo entregárselo.
Pero al alba juntaré las verduras que quemaré en sacrificio a mi Señor.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010


5 de junio de 2012

La otra mejilla

El reo cumpliría una condena por haber golpeado a un hombre inocente. La autoridad citó al agresor a su despacho.
- ¿Por qué lo hiciste? - preguntó.
- Yo no fui, fue el Turco.
- Pero golpeaste al que pasaba. ¿Lo conocías?
- Para nada, no. Pero yo soy muy creyente ¿sabe?. Esta medallita me la dio mi mamá y ella hasta me mandó al catecismo. No aprobé porque soy medio lento. Ahí nos decían a cada rato (y eso me lo acuerdo siempre): "hay que poner la otra mejilla". Por eso, cuando el Turco se me vino encima, y yo sé que pega muy fuerte el Turco, me dije "mejor la otra mejilla", como en el catecismo ¿no?. Fue pura mala suerte que justo viene a pasar aquel ... le hice poner la mejilla que faltaba.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, 2010

8 de mayo de 2012

Estados


Un clérigo bendijo sus alianzas: ella se comprometió a no violar sus límites, él juró no invadirla.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

Palabra empeñada

La verdad es que ahora, después de tantos años, estaba un poco harta de rasquetear los lamparones de vela que le arruinaban el piso y de limpiar recipientes con flores marchitas y de ventilar la habitación. Sus amigas siempre se las traían, además de sus confidencias y el sahumerio. 
Nunca hubiera imaginado, allá en su lejana juventud, que su inocente comentario le acarrearía estas consecuencias cuando le había asegurado a cada una de sus conocidas: "habla tranquila, soy una tumba".
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

10 de abril de 2012

Triunfo

"¡Lo logró!¡Otro de los nuestros lo logró!" anunciaban los titulares de todos los periódicos. Y traían en primera plana las fotos del que había triunfado en el extranjero, sonriendo con satisfacción a veces; otras, con timidez.

Había desfiles, entrevistas televisivas, la autoridad máxima lo condecoraba. Su triunfo era el nuestro. Y aplaudíamos con entusiasmo. Después, el héroe regresaba al extranjero.

Y nosotros volvíamos a recorrer las ruedas giratorias fijas que nos daban la ilusión de avanzar. Las puertas de las jaulas se cerraban.




e-Nanos

Macedonia Ediciones, Morón, 2010




30 de marzo de 2012

El quebracho y la caña

Un viento fortísimo bajaba desde las montañas.
La caña, con un crujido, se inclinó hasta tocar el suelo. El joven quebracho no pudo doblarse y el vendaval lo volteó.
Cuando pasó la tormenta y la caña vio al quebracho tirado en el suelo, le dijo:
- Esto te pasa por orgulloso. Yo, en cambio, me doblegué ante el destino y ahora puedo seguir viva.
Pero vino un paisano e hizo del quebracho una cuna para su hijito. También cortó la caña para poder pescar.
- ¡Cuán soberbia fui! -lloraba la caña cuando el hombre la apoyó en un rincón de la galería desde donde podía ver la cuna-. Yo siento los temblores de la muerte y el quebracho caído puede abrazar la vida.

e-Nanos

Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

21 de febrero de 2012

Confesión

-Contraje matrimonio con ese hombre -declaró la mujer frente al juez- porque era época de epidemia y sólo quedaban vacunas contra la gripe.




e-Nanos


Macedonia Ediciones-Morón, agosto de 2010

5 de febrero de 2012

Zorro, zorro

Había un zorro al que le gustaba merodear por las huertas a la hora de la siesta. Una tarde encontró una vid cuyas uvas estaban en sazón. Se paró sobre las patas traseras y se estiró al máximo para alcanzarlas, pero se encontraban muy altas. Intentó con un salto y otro y otro más. Fue en vano, no llegaba.
La vid, compadecida del zorro y en medio del crujido de la madera y de la resistencia de los zarcillos que permanecían adheridos al espaldar que la sustentaba, dobló su tronco. Perdió unas cuantas hojas y racimos pequeños, pero el zorro pudo saciar largamente su sed.
Cuando este por fin terminó, mientras se relamía el hocico, dijo:
- ¡Qué lástima! Creí que serían más dulces.

e-Nanos

Ed. Macedonia, Morón, 2010

31 de octubre de 2009

Verbo

El hacedor de hombres marchaba por un erial de piedra y silencio.
Otros mundos le poblaban la frente.
Tomó un guijarro redondo y le sopló los más secretos sueños.
- ¡Cántalos tú! –dijo, y lo lanzó bien lejos.

24 de octubre de 2009

El flamenco

Cuando salió del huevo era un pollito amarillo. Un día se cansó de picotear el suelo junto a sus hermanos y corrió hasta el estanque. Se tiró al agua y vio que flotaba. Algunos lo imitaron. Desde la orilla, la gallina cloqueaba desesperada y corría de un lado a otro. Él agitó un poco sus miembros bajo la superficie. Advirtió que le crecía una tela entre los dedos de las patas, que se le había aplanado el pico y que sus plumas ahora eran blancas y largas. Al rato, miró para arriba, sintió una brisa que lo acarició. Agitó las alas y levantó vuelo. Se le alargaron el pico y las patas. Las alas le crecieron, extendidas, abiertas, y mientras se mecía (ahora sobre un río etéreo) las plumas tomaron un color naranja, naranja.
Desde arriba vio a la gallina que seguía cloqueando. Vio a un puñado de patos sobre el agua. Enseguida se acomodó sobre otra corriente de aire que lo llevó bien alto y bien lejos.



Texto leído durante las III Jornadas de Minificción, Rosario, 9 y 10 de octubre de 2009

19 de octubre de 2009

Minotauro

A veces, cuando en la penumbra de algún atardecer la luna del espejo me asalta a traición, distingo el brillo de la locura en su reflejo azogado. Inclino sus aletas laterales hasta que rozan mi cabeza. La imagen se multiplica en infinitos túneles verdosos.
Acomodo la más aguda piedra que imaginar pueda entre los pliegues de mi túnica blanca. Mi corazón es un ave frenética de miedo.
Oigo sus cascos que se acercan desde el final del túnel. Ya veo su testa bicorne, su belfo. Ventea, me ha olido. Tiemblo.
El Minotauro se excita. Trota.
Lo espero sin moverme.
Apunto a su frente, sin respirar, para no errar el blanco.
Voy a lanzar la piedra.
Vacilo.
Silencio.
Abro las aletas del espejo y el brillo temido desaparece en los túneles.
Una ojeada plana descubre el límite del delirio.
Temo que algún atardecer olvide cómo se abren las aletas del espejo y quedemos, el Minotauro y yo, del mismo lado.
Texto leído durante las III Jornadas de Minificción (Rosario, 9 y 10 de octubre, 2009)

12 de septiembre de 2009

Los otros dos

Él se mira los zapatos impecables y entra.
El vernissage promete. El whisky, bueno. Estre­cha una mano por aquí. Saluda. Alguien llega. Cara nueva: ella. Sonrisa, caída de ojos. ¿Conoce la obra? No, vino invitada. Si le permite. Sí, claro. A él esa mirada como un rayo verde le afloja las rodillas. Pero es valiente y sigue con las explicaciones. Un oh de asombro, que de tan bien modulado le hace creerse perfecto.
¿Tendrá teléfono? pregunta. Ella elude, observa la alfombra, sonríe apenas, lo mira de soslayo y de nuevo el relámpago verde que esta vez le enciende la nuca. Ella juguetea con los zorros. ¿O con él? Duda. No importa; adelante.
Sigue hablando, señala, explica, buen anfitrión. Ella observa, ceño fruncido. No quiere perder palabra. ¡Qué largas las pestañas! Y el arco de las cejas: como dos alas curvas. Él se pierde. No sabe qué estaba diciendo.
Insiste con lo del teléfono: tiene un velero, el río; ahora, en invierno, las gaviotas al atardecer rasgando la comba del cielo...
Ella niega con la cabeza, la mirada baja. ¿También pensará en el río, en el velero que no, por carecer de teléfono? ¿O será por no querer?
La mirada ausente. Parece ausente. Lo mira a la cara, seria. Tampoco. Los ojos (¿por qué tan verdes?) se desvían apenas. Está observando algo detrás de él.
Pero a él no le importa. Sigue hablando de su embarcación, de los ratos libres. Quiere mostrarse gentil, que la mujer confíe. Pero es como si ella se hubiese ausentado.
Otro hombre se acerca. La besa detrás de la oreja. Ella es toda dulzura, toda ojos para él. El hombre la toma del codo.
Ambos lo saludan. Buenas noches. Y se van, cómplices de la vida.

Los  ladrones del fuego
Ed. Corregidor-Buenos Aires, noviembre de 1984