11 de agosto de 2014

Hojas negras

Esta historia (mi historia, la historia de mi abuelo materno) comienza con un acto inquisitorial una tarde de fines de otoño, en un pueblo apartado de los Alpes austríacos. Hablamos de las postrimerías del siglo diecinueve. Tras un día muy duro, Juan –el hijo menor- trae de vuelta al establo de su padre el rebaño de vacas que ha llevado a pastar.
El muchachito había escondido en su morral un libro para leerlo mientras los animales se alimentaban. Las últimas abejas zumbaban entre las ya escasas flores de trébol y de vez en cuando la brisa tornaba las páginas del ejemplar abierto sobre el suelo. Juan, acostado de bruces y los codos apoyados en tierra, interrumpía cada tanto la lectura para vigilar el rebaño. Lo tranquilizaba el sonido de la campana que llevaba la matriarca. A la noche, cuando se acostara en el cubículo que compartía con su hermano mayor José, se llevaría a escondidas este nuevo libro. Esperaría, como siempre, a que el silencio de la casa indicara el descanso general. Era el momento para encender un cabo de vela, abrir el volumen y seguir leyendo oculto bajo la sábana. Cierta vez había oído pasos (¿mi bisabuelo?) que subían por la escalera y debió apagar precipitadamente la vela. Desde entonces leía con parte de la atención puesta en los sonidos.
Volvió a la lectura del libro sobre la hierba. Empezó a sentir hambre, miró el sol: el mediodía había pasado hacía mucho. Abrió el morral, sacó media hogaza de pan y empezó a masticar mientras recordaba las admoniciones de los padres: ¿para qué leer tanto, si vas a ser un campesino como nosotros? Leer y escribir lo imprescindible, nada más. No leas tanto, hay mucho trabajo. Siempre había mucho trabajo, según las estaciones: sembrar o segar, la vendimia, hacer vino y quesos, carpintería en invierno, etc. Tenían una buena posición económica, pero … Pero la vida del espíritu estaba más allá de las montañas. Estudiar, sí, él quería estudiar. Levantó la vista y miró las cumbres peladas que pronto se cubrirían de nieve. Bajó la mirada, notó algo raro, contó las vacas: faltaba una y pronto debían regresar. De un salto, salió a buscarla. Después de un largo rato, la encontró. La hizo retornar al grupo mediante una serie de convincentes patadas. Al querer recoger el libro que había quedado sobre la hierba, comprobó con horror que el rebaño había devorado las hojas y las tapas semejaban una cáscara hueca. Pero estaba cayendo el sol y no había tiempo para duelos.
A medida que se acercaba al establecimiento paterno le llamó la atención un reflejo luminoso y el olor a quemado. Sin embargo, no había señales de alarma ni corridas ni tañían las campanas de la iglesia.
En cuanto llegó al patio de adoquines tuvo la respuesta: allí, en una bonita pira, ardían todos los libros que había descubierto en el desván. Intentó una corrida para rescatar lo que pudiera, pero el padre lo sujetó con firmeza.
- Está bien así –dictaminó mi bisabuelo-. El cura dijo que, salvo la Biblia, son obra del diablo. Además, te vas a casar con una mujer trabajadora. Ella dará mucha prole y serás un campesino rico igual que yo y que tu abuelo y que tu bisabuelo y que tus hijos.
Juan no luchó más. Miró el fuego, las hojas ennegrecidas que se iban cerrando como manos hechas puño, miró las montañas y se juró solemnemente que en cuanto pudiera, se iría lejos, bien lejos, para estudiar.

29 de julio de 2014

"¡Ay, Cielito!" (monólogo) en Argentores - 19 / 07 / 14 - Ciclo "Los unos y los dúos"


¡AY, CIELITO!

Hola, cielo ¿estabas durmiendo, te desperté de la siesta?... Mirá, te hablo rápido porque me estoy quedando ... Perdoname, mi amor, no, no te grito, no estoy impaciente, noooo, para nada, pero como no me contestabas, parecía que no me oías ...¿Cómo que no es para menos, que se te habían ido las ganas de hablarme? Si yo te mandé un mensaj... sí, lo escuché, lo escuché al celular que sonaba. Empezó a sonar justo cuando estaba subiendo a la combi con el Alancito, la mochi, el bolso, la sillita ... No, mi cielo, no podía soltar nada, estaba subiendo, te digo. Escuchame, mi cielo, te quería decir que ... Es que tengo poco ... ¿A las seis de la mañana? No, no lo oí. Te juro que no ... ¿Y para qué te voy a mentir? ... ¿Cómo que con las mujeres nunca se sabe? ... ¡Pero eso es historia antigua, cielo, terminó en la primaria, vos sabés que nunca más nos volvimos a ver! ... ¡Ay, mi cielo! ... ¡A las seis seguro que estaría cambiando al Alancito! ¡hizo tanto calor en lo de mi mamá!. Te digo que no pude pegar un ojo... Vos sabés que fuera del ventiladorcito de mesa no hay nada. Y ese techo de chapa ... Encima, ella con la operación, ni al baño va sola, ¡con lo que pesa y con lo dolorida que está, ni un dedo puede mover la pobre! ... Pero, sí, seguro pe..., pe... ¿dónde iba a estar, si no? ... Perdoname, mi cielo, se ve que yo estaba agotada y justo cuando me iba durmiendo, empezó a llorar el nene ... Para que le cambie los pañales, mi cielo, y le dé una mema... Noooooo, no se va  a empachar... Bueno, mi amor, mañana lo llevo a que le tiren el cuerito...  Estaba empapado, así que de paso lo bañé para que se refrescara ... ¡No! ¿Cómo voy a querer que se resfríe? ¡Qué va, con el calor que hacía en ese cuarto! (sin transición, urgida) Te ... te quería decir que ... Sí, mi amor, dos horas de viaje, pero con el aire acondicionado se durmió ... No, no te estoy cambiando las cosas: la combi tiene el aire acondicionado, mi cielo, no mi mamá, ella tiene un ventilador de mesa, vos sabés... Sí, me expresé mal, tenés razón es que...  Ahora se despertó de vuelta, ... el Alancito se despertó, cielo, no mi mamá... No, no sé qué está haciendo ahora... Y, una vecina que viene a la noche, como se te ocurrió a vos, así no te quedás solo tanto tiempo: sábado, domingo... Mientras, le dejé un termo con agua fresca al lado de la cama... Sííí, también una pelela... pero te quería decir que... ¿cóóómo?, ¿cómo que no comiste nada a mediodía?, ¿tu mami no fue, mi cielo? ... Mi amor, ya te expliqué, no puedo decir “nuestra” mami porque es como si vos y yo fuéramos hermanos ¿viste? Y queda feo, más todavía porque tenemos al Alancito... ¿descompuesta tu mami?. ¡Ay, mi cielo, y vos en ayunas! ... Sí, ya sé que a la sombra, ahí debe estar haciendo como 38 grad ... ¿Que le lleve al Alancito? ¿Y vos no podés, después de la cena? ... No, claro, por la presión. ¿Y cómo no te va a bajar si no comiste nada, mi amor? ... Bueno, sí, sí, más vale que voy yo a verla... ¡¿Canelones?! ... Claro, tenés razón, algo salado te va a venir bien. ... Y, mi cielo, me voy a apurar todo lo que pueda. Tengo que hacer los panqueques, comprar la espinaca, la carne, la ricota, preparar el relleno... ¿No querés que la vaya a ver antes a tu mami y después vos le llevás la cen ...? Bueno, bueno, no te pongas así, vos sabés que la quiero como si... Sí, un táper con los canelones y el Alancito, total, es como decís, mi cielo: ya estoy en cam ... Oíme, te decía en el mensajito que... ¿una ducha, vos, ahora? Sí, está bien, está bien, ya te dije que voy yo a verla, duchate tranquilo, pero antes... escuchame, mi cielo, la combi mantuvo el horario, y yo en el mensaje te dec... Bueno, cielo, calmate, no te estoy gritando, refrescate y... No te pongas así, no te enojes, tranquilo, que después te sube la presión y te agarra jaqueca y no podés ir a trabajar, te descuentan el día ... No, no es por la plata, es por vos cielito, si ya sabemos que con lo que saco haciendo doble turno en la fábrica, nos arreglam ... Sí, ya sé, con el diploma no consigo nada, ya me lo repetiste, por la crisis ... Bueno, bueno, cuando llego te preparo los canelones ¿sí, mi cielo? ... Ah, ¿no?, ... ¿que antes vaya a verla a tu mamá y que le deje al Alancito? Pero mirá que él tiene que comer a esa hora... Sí, está bien, mi cielo, pasa que el nene está muy molesto y empezó a llorar y apenas te oigo y tengo que acomodar la mochi porque se me está cayendo. Por eso grit... no, no es que estoy nerviosa, ¿viste que cuando una misma no oye bien se pone a gritar? ... Sí, mi cielo, claro que te quiero mucho, después vuelvo a ir para llevarle la comida y retirar al nene. Pe...  pe ..., escuchame, esperá, esperá, no cortes ...  me estoy quedando sin crédito, cielo, ¡hola! Hace ... hace media hora que la combi nos dejó en plena ruta, ... ¡hola, hola!, ¿me oís? al rayo de sol, ¡hola! No, ni se ve la estación de servicio, si no podés ... hola, ¡hola! sacar el auto y venir a busc...  Hola, cielo, hola, hola... ¡La puta que te parió, CIELITO! 
(Cortesía de Argentores)

30 de enero de 2014

Un hombre de palabra

Seguía produciendo, la creatividad desatada, y sus textos inéditos desbordaban los cajones del escritorio, obstruían los pasillos de su casa. 
Porque él, además de ser un purista del idioma, era incapaz de ofender a nadie. Pero si la crítica, los entrevistadores, sus colegas, las reseñas, y quien redactara la solapa de aquel libro publicado hacía cinco años habían asegurado que era “la última novela de… (y citaba su ilustre nombre)” seguramente así sería. No se había animado a herir susceptibilidades ajenas y a corregir el giro “última novela” por “su novela más reciente”. Le daban ganas de decir “pero no he muerto y sigo produciendo”. Callaba. Por eso, todo lo que escribiera después de aquel volumen  –era el mandato implícito- debía quedar inédito; si no, la novela mencionada dejaría de ser última obra. 
Y él, con su proverbial precisión lingüística obedecía, con tal de no ofender a los profesionales.

Brevedades-Antología argentina de cuentos re-breves. (Selección y prólogo por Martín Gardella). 
 Ed. Manoescrita, Buenos Aires, 2013.

5 de octubre de 2013

Leyenda Maorí

Un hombre era muy feliz por tener seis hijos sanos y fuertes. Para celebrarlo, organizó una fiesta. En el transcurso de la misma  los seis muchachos debían arrojarse al mar simultáneamente. El que tardara más tiempo en salir a la superficie -señal de que había alcanzado la mayor profundidad-, ganaría el premio: doble ración de pan. Así fue como los jóvenes se lanzaron a las olas. 
Pasaron los minutos y no aparecían. El tiempo y las sombras avanzaron, la algarabía inicial se acalló. Cuando ya todos los daban por muertos, de entre las olas saltaron en el aire y volvieron a zambullirse seis enormes peces desconocidos que parecían sonreír. Asomáronse un par de veces más y después se alejaron haciendo cabriolas en el agua.

El hombre comprendió que sus hijos se habían transformado en delfines.

1 de octubre de 2013

Medicina Moderna

Le dolía la cabeza al caminar. Por error, le hicieron una radiografía de la cadera. "Hay que operársela" diagnosticaron.
Le sacaron la cabeza del fémur. 
Ahora camina sin dolores y sin memoria.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

20 de septiembre de 2013

Adicción

Se habían conocido en un congreso científico internacional. Ambos eran investigadores renombrados. Pero ella tenía una segunda, secreta pasión: la danza del tango se le había clavado “como un puñal en la sangre”. Nada más oír la música, corría a una milonga a abrazar y a ser abrazada, a vivir –por unos minutos- un romance ideal con un hombre inexistente. Pero también creyó que por la edad y el curriculum, era hora de establecerse. Él le pareció un postulante adecuado. Guardó los zapatos de baile y le dio el sí.
Antes de casarse, habían precisado dos cosas: él, por ser extremadamente celoso, no la dejaría ir sola a ninguna parte (sería capaz de matar, reforzó); ella exigió que en la casa se escuchara sólo música clásica.
Por un tiempo fueron felices.
Un día él trajo una colección de viejas grabaciones del dos por cuatro. “Son clásicos” se justificó y las notas llenaron la casa. Ella anunció “salgo una hora” y escapó hacia un local de baile.
Regresó con los ojos brillantes, la cara arrebolada. Él se acercó a besarla; aspiró los perfumes varoniles que, superpuestos en capas, cubrían las suaves mejillas. Entonces ella adivinó todo lo que iba a pasar por el gesto de él, por el temblor que lo estremeció, por cómo se puso pálido antes de dirigirse al dormitorio. Ella adivinó, antes de oírlo abrir violentamente un cajón, antes oírlo volcar su contenido en el piso, antes de oír el disparo.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

15 de septiembre de 2013

Abrazo

Cuando terminó la música, la rendida bailarina de tango le dijo a su pareja:
- Caballero, ¡el suyo sí que es un abrazo contenedor!
El compadrito retrocedió un paso, se miró las manos sorprendido, volvió a mirarla a ella.
- Está equivocada, señorita. Yo siempre bailo sin tenedor ... y sin cuchillo –y se retiró, ofendido. 
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

8 de septiembre de 2013

Presentación de la Antología ¡Basta!

04-09-13

¡Basta! 
Cien mujeres contra la violencia de género




En los últimos años se ha globalizado el término 'femicidio': esta palabra nueva que ingresa a la lengua condensa historias viejas porque designa nada menos que los asesinatos perpetrados a mujeres por diversas violencias de género. En medio de este horror, ha surgido un movimiento de lucha femenina, creativa y vital. Por iniciativa de un grupo de escritoras chilenas, en 2010 se publicó la pionera Antología ¡Basta! la que se propuso el desafío de escribir en microficciones de 150 palabras como máximo las historias reales o ficticias de mujeres violadas en su condición femenina. En 2012 se publicó la versión peruana de ¡Basta! y ahora, con esta publicación argentina, la red de microficciones se extiende.
(Fragmento del prólogo: Amor Hernández, Fabián Vique, 
Leandro Hidalgo, Miriam Di Gerónimo y Sandra Bianchi).



Romance

Durante el tiempo que se encontraron regularmente para salir juntos, ella llevaba manzanas en la cartera. Caminaban mucho, casi hasta el agotamiento: cuando caía el sol, se sentaban en un banco de plaza y comían las manzanas. Hablaban sobre películas, sobre el calentamiento global y las modificaciones que la cibernética producía en la vida cotidiana. Después, él la acompañaba hasta la puerta de la casa. Se despedían con un ardoroso beso que invariablemente preludiaba lo que nunca se concretó porque él partía apurado, también invariablemente.
Y así, sin cambios, pasaron dos meses hasta que ella conoció al hermano de él.
e-Nanos 
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

19 de julio de 2013

La cocina de los dramaturgos

"La cocina de los dramaturgos

Evento realizado en Argentores el 13 de julio de 2013 durante el cual se leyó (entre otros tres de diferentes autoras) el monólogo humorístico 

"Master en Gualichos".

Aquí junto a Elvira Hernandorena y Clara Carrera, posando en compañía de autores y actores.


TEXTO DEL MONÓLOGO


(ANA) Hace mucho que no voy a bailar. ¡Lo que gasté en teléfono para reservar mi silla en una milonga de San Antonio de Padua!. Y, se pasan el dato y después de lo de Franz y el Mono Aguirre, en las de Capital tengo la entrada prohibida. ¿Cómo que no sabés? ¿Dos meses que no hablamos? Claro, hará dos meses del sábado que fui, como todos los sábados, a la milonga del Canning. Sabés el trámite: ropita atractiva, mucha producción, perfume, la mejor onda porque puede ser que esa tarde o esa noche se dé. La cuestión es que recorro el pasillo del Canning, con la dignidad de una emperatriz, atravieso la puerta de entrada al salón y me quedó ahí un minuto, paradita, mirando alrededor. Un poco para estudiar el panorama (aunque lo conozco de memoria, siempre somos los mismos, pero por ahí hay alguien nuevo y …). Y otro gran poco me quedo quieta para que me vean. Un minuto parada y te das cuenta de que pasa como un aire por las sillas, como la olita de las plateas de fútbol ¿viste?, algo que hace girar las cabezas apenas un toque. Entonces, si no te conocen va la pregunta bajito, por el costado de la boca, dirigida al vecino ¿quién es?. Si te conocen, sólo comentan ¡ah, llegó Tal, mirá cómo se vino! Y enseguida, cabezas vuelta al frente. Bueno, yo estaba en esa parte interesante, mirar y ser mirada, cuando oigo la voz de bisagra sin aceitar del Mono Aguirre, pegado a mí. Hola, mamita, ¿me hacés el favor?. Sabés de quien te hablo ¿no?. El que parece un tití; tan feo que cuando nació, seguro la madre le pidió perdón al padre y salió corriendo. Me pregunto siempre cómo hace para ser taaaaan pesado. Bueno, yo con él ni bailo ni mucho menos ninguna otra cosa. Ni mamada en querosén, te lo aseguro. Está frustradísimo, pero insiste, insiste, todo almíbar, todo ojos implorantes. Esa vez lo miro, con cara de no hacer ningún favor y él sigue, como si no se hubiera dado cuenta: Estoy trabajando con un grupo de turistas, hacéme el favorcito y sacámelo a bailar al rubión ese”. Yo miro para el lado que me indica, escéptica, mentón alzado y ahí LO VEO. ¡No sabés! Me costó cerrar la boca y el Mono Aguirre que se sonríe y se va. El candidato era un caramelo. Rubio, grandote como jugador de rugby, con esa carita mezcla de Brad Pitt, de atorrante y yo-no-fui. Para comérselo, bailara o no. Y lo saqué a bailar, contra todos los códigos de la milonga tradicional. Mirá, hay códigos que respeto a rajatabla como es el cabeceo porque para mí, el tango es el único baile donde la mujer puede decidir con quién bailar y con quién no. Si el que te cabecea no te gusta mirás para el otro lado y listo. No lo ofendiste en público y no saliste a bailar con quien no se te canta. Pero esa vez, el rubio estaba como para patear todos los tableros. Lo creí torpe. Ja, en cuanto nos abrazamos para empezar un tango, como diría Ferrer, “me incendió hasta la saliva”. ¿Cómo te explico? Fue como apretar una torre de alta tensión. Y a él también le pasó algo, el pecho le vibraba; después me di cuenta de que era el celular, pero no importa. ¡Esos brazos fuertes que me rodearon!. Ni un gramo de grasa, ¡tan sanito, tan viril, tan apto para la reproducción, tan aprovechable! Fue una ignición, perdón, una conexión espontánea; no lo solté en toda la noche. ¡Qué importaba lo que dijeran los demás! Sabés bien, en la milonga tradicional más de una tanda no podés bailar con la misma persona; si llegás a bailar tres, hmmmm, ya hay algo entre esa pareja de bailarines y empiezan los chismes, las preguntas, los codazos. Bueno, entre pieza y pieza, lo único que conseguí averiguar fue que se llamaba Franz y enseguida decía “deutsch”. Cualquier cosa que le dijera o preguntara en las pausas, sonreía. ¿Lo dije antes? Para cómerselo, un tierno. Si se ponía verborrágico, repetía (en Franz)  Franz – deutsch. Después de cada tanda, él volvía a su mesa, a sentarse al lado del Mono Aguirre, como un alumnito aplicado. Así que ahí iba yo, a buscarlo cada vez. Al final del baile (porque terminamos siendo la última pareja sobre la pista y el Mono Aguirre que se sonreía como para sí), lo abrazo por el cuello al candidato, lo miro a los ojos y le pregunto: ¿mañana, morgen? porque comprobé que aunque él era extranjero, en la milonga (como en otros ámbitos), ya se sabe, hay un vocabulario de emergencia como para que las cosas pasen a mayores y que él me iba a entender. Sonrió, entendiendo. Esa noche no dormí, no me lo podía sacar  de la cabeza (lo de la cabeza es un decir). Al día siguiente no fueron ni él ni su grupo ni el Mono Aguirre. Me puse loca, otra noche sin dormir y a mí que enseguida se me marcan las ojeras. Y resulta que el martes, yendo de compras, tengo que esperar el cambio de luz de un semáforo. Parada, mirando pasar los bólidos por la avenida Santa Fe, veo el cartelito pegado a un poste: “El amor de tu vida a tus pies en trés sessiones. Traé una prenda y una foto. Héssito acegurado.” Y un número de celular. Llamé. Mirá, m’hijita, todavía no tengo el mássster en gualichos, pero me arreglo. Psééé con una prenda del sujeto, pero si no la tiene, con una foto se puede hacer igual. Aunque es a otra tarifa, claro. Así que el sábado siguiente llevé mi cámara a la matinée y me acerqué a la mesa del grupo de Franz. Todos me miraron amables, cordiales, pero … mi candidato no estaba. Pregunté ¿y Franz? Siguieron sonriendo. Quien entendió la pregunta se encogió de hombros. Y, de golpe, como un rayo al revés, con esos ojos que te recorren de arriba abajo y de abajo arriba mientras te van sacando toda la ropa, lo tengo al Mono Aguirre plantado a mi izquierda. Iguazú, mamita ¿No querés bailar conmigo, mami?”. Pegué la vuelta y me fuí elegantemente pero sin contestarle. Apenas bailé: un poco porque el sábado anterior había estado todo el tiempo con Franz y los demás ahora me “castigaban” y otro poco porque no tenía ganas. Me retiré temprano. Llamé a la vidente para avisarle que el “candi” se había ido a Iguazú. Buen lugar, con mucha energía positiva la del agua dulce, m’hija. Yo dendemientras sigo trabajando. Vass a ver qué bien sale todo. Llamame cuando tengás la foto. Franz reapareció después de una semana que fue... eterna. Me acerqué otra vez a la mesa del grupo, cámara en ristre, y pregunté con un gesto ¿puedo?. Todos asintieron con la cabeza, cordiales, y a último momento apareció el pesado del Mono Aguirre, que se paró en el medio de todos. ¡Flash! ¡Y foto a la bruja!. Lo primero que dijo fue: demassiada gente. Acercó la foto a la nariz, la alejó casi hasta la altura de la pelvis, volvió a acercársela, la olfateó. Se aproximó a la ventana para tener mejor luz, le pasó el pulgar por encima, se puso bizca, torció el gesto. Finalmente espetó un Quedate tranquila, te lo dejo caliente como una pipa. La volví a llamar a los dos días. Sí, estaba un poco ansiosa, vos sabés que la gente viene de afuera sólo para bailar tango y por unas semanas y yo a Franz no lo quería dejar pasar. Y la bruja que dice: vass a ver con el gringo. Te juro que vos de mí no te olvidás más. Palabra. Para el sábado: llamame el domingo y fesstejamo. Así que ese sábado quemé sahumerios por toda la casa y puse la botellita de champaña en la heladera. En el dormitorio, el horno con aceites aromáticos (pachuli, para más datos) unas cuantas velas estratégicas y la caja de fósforos bien a mano. No fuera a ser que, como la otra vez, ¿te acordás? cuando estaba por empezar la función no va y se me cae la caja de las manos en la oscuridad y ahí estaba el galán, en cuatro patas y casi en bolas, buscando, hasta que apareció la bendita caja; sólo que cuando aquel candidato quiso enderezarse, se quedó duro y tuve que ayudarlo a vestirse, le llamé un radiotaxi y lo subí al auto porque ni caminar podía el pobre. Y antes de acostarme, solita mi alma, me aseguré de que todas las velas estuvieran apagadas, no vaya a ser que encima se me incendiaran las cortinas de voile. Esa vez amanecí con una jaqueca que me partió la cabeza todo el día con tanto sahumerio y pachuli que aspiré. Entre paréntesis, aquel candidato nunca más me llamó y ni siquiera me mira o me saluda cuando nos cruzamos en el baile. Pero volviendo al sábado post-foto en cuestión, me hice un glorioso baño de espuma relajante, hidratante, en fin, con todos los “ante” que te imaginás para el “después”. Abrí el último frasco de perfume importado, estrené las medias francesas (sabemos que en el tango, lo primero que te miran cuando bailás, son los zapatos, las piernas y, después, para arriba; las espaldas se cotizan muy bien en esta danza). Por fin, al entrar al salón de baile, lo ví. Te juro, era un ángel…caído, a Dios gracias. Él también me vio, les cuchicheó algo a sus compañeros de mesa. Algunos giraron la cabeza y me pareció que reprimían una risita. Sentí que todo el mundo me miraba fijo. ¿Tanto se notaba que me latía con fuerza el corazón? Una mujer se apiadó y me señaló mi pechera; al bajar la vista, veo que tengo pinchada sobre el escote de mi vestido rojo, una aguja con un larguísimo hilo blanco rematado en un poderoso nudo. Entonces recordé que primero me había puesto un equipo blanco y que le dí una puntadita para que no resbalaran los breteles. Después me había parecido demasiado casto para el proyecto y cambié al rojo. Superé el mal trance. No sabés lo que fue esa noche bailar con él. Franz había estado tomando clases con el Mono Aguirre, así que lo nuestro fue de una conexión absoluta. Todo el tiempo que estaba apoyada sobre su amplio pecho, él me abrazaba como para no perder el equilibrio. Sí, reconozco que me pisó un par de veces. Y sí, te confieso a vos que sos mi amiga, esas medias tengo que tirarlas porque ya no sirven ni para colar el té; pero igual, yo temblaba como una hoja. Después de un par de horas, le susurré al oído: te espero afuera (para que no nos vieran salir juntos y comprometerme frente a los demás ¿viste?). Él sonrió, enigmático y tierno, como siempre. ¡Ayy, casi me muero! Antes de atravesar la puerta para salir, con el abrigo puesto y la cartera en la mano, me di vuelta, sonreí y le guiñé un ojo. Franz asintió: había entendido. Mientras recorría el pasillo hasta la calle, me imaginaba como iríamos juntos en el taxi, los primeros besos en la penumbra, siempre callados porque lo nuestro es absolutamente sensual, no hay palabras, no hay ideas, todo carnal. No sé si me explico. Pero en cuanto pisé la vereda, ahí estaba el Mono Aguirre, de rodillas, cortándome el paso, con un ramo de rosas que parecía una palma y diciéndome con los ojos arrasados en lágrimas mientras que con el brazo libre hacía un gesto circular, que abarcaba la vereda, la avenida Scalabrini Ortiz, el universo todo ¡Para vos, mamita!. Scalabrini Ortiz estaba cruzada por los pasacalles: “Ana te amo para toda la vida”, “Ana diosa mía aseptá la beneración deste umilde cervidor”, “Ana sos mi estatua de la libertá”. Había una orquesta típica y un coro de cincuenta niñitos con guardapolvos blancos cantando “Pasional” que interrumpían el tránsito. ¡Y los bocinazos de los autos y de las ambulancias, la sirena de los bomberos, el carro neptuno que la emprendió a los manguerazos!. El Mono Aguirre no se quería levantar y recién salió del medio cuando el pelotón del grupo Delta entró a la carrera, como en las películas, y lo volteó. Después, mientras íbamos todos apretados en el camión celular, con el Mono Aguirre pegadito a mi costado y sin soltar el ramo de rosas porque no quise aceptárselo y mirándome con esa cara de carnero degollado, recordé lo del máster en gualichos y la foto grupal, y cómo la bruja había tratado de distinguir los detalles, todo ese ir hasta la ventana, acercársela hasta la nariz, alejarla, fruncir la cara porque no veía una pepa. Y la frasecita, aquí la tengo, grabada en la frente. Porque lo que era promesa resultó una amenaza cumplida:de mí no te olvidás más, palabra. No, a Franz no volví a verlo después de la comisaría y el Mono Aguirre se fue a Europa o a Ushuaia, no sé bien. Ya debés estar regia de las paperas. ¿Te animás a hacerme pata en la milonga de San Antonio de Padua, si consigo reservar otra silla? ¡Dale!

Publicado en Antología "La Cocina de los Dramaturgos - Vol. 4, 2012-2013". El Escriba, Buenos Aires, 2014. Cortesía de Argentores.

16 de junio de 2013

Sábado promete fiesta

Mañana sabatina en el mercado; gris, llovizna. El joven pollero Juan reflexiona en voz alta: "El miércoles cumplo un año de casado. Me encantaría regalarle un anillo con un brillante a mi mujer". María, la verdulera lustrosa y gordita, suspira: "¡Ay, no sé! Será que soy una mujer de gustos sencillos, pero a mí me gustaría otra cosa, algo más simple, más ..., más ..." Se ha sonrojado y mira de reojo a su compañero Santos, quien sigue frotando manzanas con un paño y calla.
María tenía razón. Después de varios años, Ernesto (el pollero divorciado) y ella siguen juntos.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

Promesa a los esforzados visitantes de este blog

Habrán notado que he publicado sólo fragmentos de unos pocos textos. Prometo ir completándolos para que -quien lo desee- pueda leerlos enteros. Desde ayer, uno ya aparece en toda su extensión: Los golpes.

14 de junio de 2013

Entrevista radial 08-06-13


Presentando e-Nanos junto a Martín Gardella, 
en El Living sin Tiempo (La Noventa de Devoto)

Feria del Libro 2013


Jornada de Microficción (09-05-13)
Lectura de los tuits finalistas de concurso

6 de mayo de 2013

Fiesta marítima (*)

Cumulus se hinchan en las velas del bote.
Los atabaques suenan.
Obá, obá, obá corean hombres y mujeres sobre cubierta. Las palmas de Joao baten el parche con un ritmo que él no aprendió. Lentamente redobla el trueno en sus dedos; cierra los ojos, busca a tientas en la noche del pasado. Centellas que relumbran en el vientre del tambor le señalan el camino.
María se alza: las trenzas renegridas vibran al ritmo de su cuerpo y su túnica multicolor roza las tablas. Un temblor tras otro la sacuden. Sólo ve lo que ordena el atabaque. Los miembros se crispan, ondulan. Le estalla el ritmo a los pies como una flor inesperada. El hombre, perdido, cuaja borrascas, brama el viento, los rayos fustigan nubes en la comba del cielo. Todo crepita en el parche y es lodo y fuego y trueno. Pero la tormenta pasa. Todavía caen algunas gotas, sin prisa.

30 de octubre de 2012

Coincidencias

Como opuestos complementarios, hemos coincidido en todo desde el primer momento.
Él ama el frío, adoro el calor; él prefiere el día, me activo de noche; él es carnívolor, elijo las verduras; él es devoto, yo no. Los deportes le atraen, prefiero los libros. Ama la montaña, lo mío es el mar.
Tanto coincidimos, que aun en esto estuvimos de acuerdo: nos divorciaremos.
e-Nanos
Macedonia Ediciones-Morón-2010

23 de junio de 2012

Hermanos

Para darnos leche, tengo una sola oveja con su cría, pues soy labrador. Cuando el frío se clava en el valle, mi mujer me recuerda:

- Caín, guárdalos en nuestra choza.

El corderito es blanco, perfecto. Si retoza entre los campos se diría que una nube ha descendido sobre la tierra. Si bala, los lirios parecen responderle. Tiene el hocico húmedo. Pronto mi hermano Abel lo llevará a los montes, junto con su rebaño numeroso. Allá arriba la hierba es dulce y fuerte el aire. Será más sabio que yo mi cordero, pues desde las colinas verá al ángel con la espada de fuego guardando la entrada al Paraíso que dilapidaron nuestros padres. Mas he de perderlo, porque Abel lo reclama como pago por el servicio de la oveja y mañana debo entregárselo.
Pero al alba juntaré las verduras que quemaré en sacrificio a mi Señor.
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010


5 de junio de 2012

La otra mejilla

El reo cumpliría una condena por haber golpeado a un hombre inocente. La autoridad citó al agresor a su despacho.
- ¿Por qué lo hiciste? - preguntó.
- Yo no fui, fue el Turco.
- Pero golpeaste al que pasaba. ¿Lo conocías?
- Para nada, no. Pero yo soy muy creyente ¿sabe?. Esta medallita me la dio mi mamá y ella hasta me mandó al catecismo. No aprobé porque soy medio lento. Ahí nos decían a cada rato (y eso me lo acuerdo siempre): "hay que poner la otra mejilla". Por eso, cuando el Turco se me vino encima, y yo sé que pega muy fuerte el Turco, me dije "mejor la otra mejilla", como en el catecismo ¿no?. Fue pura mala suerte que justo viene a pasar aquel ... le hice poner la mejilla que faltaba.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, 2010

8 de mayo de 2012

Estados


Un clérigo bendijo sus alianzas: ella se comprometió a no violar sus límites, él juró no invadirla.

e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010

Palabra empeñada

La verdad es que ahora, después de tantos años, estaba un poco harta de rasquetear los lamparones de vela que le arruinaban el piso y de limpiar recipientes con flores marchitas y de ventilar la habitación. Sus amigas siempre se las traían, además de sus confidencias y el sahumerio. 
Nunca hubiera imaginado, allá en su lejana juventud, que su inocente comentario le acarrearía estas consecuencias cuando le había asegurado a cada una de sus conocidas: "habla tranquila, soy una tumba".
e-Nanos
Macedonia Ediciones, Morón, agosto de 2010