10 de marzo de 2010

La novia polaca

Maritza embarcó en el puerto de Trieste con su prometido, su Juan, un pasaje de tercera y el vestido de novia bien envuelto en el fondo del baúl.
Lámparas macilentas saturaban de sombras y humo el sector de las mujeres. Por el mareo, la novia pasó buena parte de la travesía acostada, vigilando el baúl de cartón prensado. Juan pedía permiso diariamente y pasaba a visitarla. Sostenía entre sus gruesas manos campesinas la trémula de Maritza.
Por las noches Maritza oía, velados, los sones de un acordeón. Netos como denarios que crepitaran sobre la superficie oleosa del mar, los pies marcaban el ritmo de las cuadrillas. Lamentaba el mareo que no le dejaba dar un paso.¡Y Juan con tantas ansias de bailar! Cuan­do no había música, Maritza sabía que los hombres jugaban a los naipes pues él se lo había contado. Esas noches ella descansaba tranquila.

Frente a las islas de Cabo Verde un temporal golpeó a la nave como si fuera un trapo viejo. Reventaron los cabos que sujetaban el equipaje y el baúl se mezcló con otros bártulos. En cuanto regresó la calma, cada cual corrió a recuperar lo suyo. Maritza forcejeó inútilmente. La que habían apodado la Turca (aunque no lo fuera) le dio una mano y juntas arrastraron el bulto hasta su lugar original. Después, ignorando el agradecimiento de Maritza, la mujer se sentó en su rincón y encendió un cigarrito oscuro y delgado y lo fumó en silencio. La Turca llevaba al cuello una chalina de gasa que no se quitaba nunca. Algunas pasajeras decían haber oído rumores acerca de su pasado: un amante había que­rido degollarla en un arranque de furia. Le había que­dado ese recuerdo y el hábito de fumar que la muy desver­gonzada ni siquiera practicaba a escondidas.
Tras la tormenta Juan volvió a visitar a Maritza. Su mirada vagó por el recinto. Saludó con la cabeza a alguna compañera de baile. Tiempo atrás, Maritza había contado a cuan­tas quisieran escucharla que se casaría con Juan. Las mujeres mayores aprobaban y mentalmente lo excluían de las listas de posibles yernos.
-Ya no bajaré con la misma frecuencia, Maritza. Debo hablar con los otros, averiguar quién puede ase­gurarme los mejores terrenos.
Las mujeres empezaron a murmurar que la última en volver, con la aurora, era la Turca. Maritza co­menzó a espiarla. Veía o adivinaba a la incierta hora del regreso, cómo se des­pojaba de las botinas. Luego caía el vestido. Acechaba sus piernas largas como espadas, los blancos brazos mórbidos, sus movimientos fluidos. Podía seguir su trayectoria gracias a la brasa del cigarrito. Entonces Maritza pen­saba que un hombre bien perdería la cabeza por la Turca. Y ya no volvía a dormirse.
Una tarde que el mar parecía benigno, Maritza fue a pasear por cubierta. Descubrió a una cíngara rumana acucli­llada junto a la borda y le tendió la palma abierta. La gitana se inclinó sobre la mano, levantó la vista.
-¿Cuándo será la boda?
-Pronto -dijo la adivina.
- ¿Qué ves?
La gitana meneó la cabeza y tintinearon sus mo­nedas de oro. Cuando Maritza le ofreció el dinero que llevaba escondido en el nudo de un pañuelo, lo apartó.
-Lo necesitarás todo ... al principio -dijo, y se fue.
Al incorporarse, Maritza descubrió a la Turca. La vio fumando sola, la mirada fija en algún punto del océano.
En su paseo Maritza dejó atrás a un grupo de hombres, a la Turca. De pronto, llegó hasta ella el rumor de una pelea. Temiendo por su Juan corrió a buscarlo. Un enjambre de torsos y bra­zos le impidió ver qué ocurría en el centro del tumulto. Los espectadores aullaban como si hubieran hecho apuestas y nadie quisiera perder. Por un instante, un silencio fugaz aplacó el escándalo y en esa fracción de tiempo Maritza, detrás de la pared humana, oyó acezar a los adversarios. Pero enseguida las exclamaciones de ánimo o furia rebrotaron. El grupo se desmadejó un poco y tuvo una visión de sangre y carne herida. Oyó el pesado arrastrarse de pies, un golpe sordo, una queja. Ella misma trató de meter su cuerpo como cuña entre los otros cuerpos endurecidos por el fragor de la lucha ajena, pero era como querer partir una muralla de piedra. Desde el centro del grupo le llegó el sonido acolchado de golpes que sentía en sus flancos, la res­piración jadeante cortándole el aliento propio. Y cuando no pudo más, Maritza gritó: "¡Juan!" desde lo más hondo y su voz provocó una pausa en la que los luchadores se detuvieron y hasta algunos hombres la miraron. Un marino dijo "Cosas de fal­das".
Hubo una boda. Tres días tardó una muchacha en adquirir el pan de miel, el vino. Cuando Maritza se asomó a la fiesta, Juan le cerró el paso.
-El rocío te hará mal.
Ella le quiso acariciar el costrón de la frente y la mancha morada sobre el pómulo. Juan echó la cabeza hacia atrás.
-Nada -la tranquilizó-. Cosas de hombres.
Y rodeándole la cintura con un brazo, la acom­pañó de vuelta. Pasaron junto a un gigantesco rollo de cabos. A su vera la gitana había armado el samo­var.
-Dime el futuro, vieja -rogó Juan.
Ella le tendió la taza colmada. Juan la vació y la dio vuelta. En el fondo las hebras de té dibujaron un fino encaje.
-¿Tendré suerte con la mujer que amo?
-Siempre tendrás suerte.
Juan rió (¡cuán blancos son sus dientes!) y le dio unos billetes.
-Quizás debieras quedarte en la ciudad el tiempo que yo tarde en conseguir las tierras. Mis tíos... - dijo él.
- No. Siempre juntos -lo interrumpió Maritza. Juan la dejó a la entrada del sector de mujeres. La observó unos segundos antes de ofrecerle la mejilla.
- Buenas noches.
Maritza esperó hasta que los pasos de Juan se acallaron en la distancia. Luego desandó el camino que habían recorrido juntos. Espió la fiesta. Juan no es­taba. Esperó un poco más y después fue a recorrer las zonas oscuras de la nave, el corazón palpitándole.
Los reconoció por el brillo del cigarrito que permaneció clavado en la oscuridad, como el ojo inmóvil de una serpiente. Luego las dos figuras se confundieron con la silueta de varios rollos de cabos apilados sobre cubierta.
Maritza hubiera deseado patear el piso, dar voces para que todos se acercaran y fueran testigos de la vergüenza y el engaño. Pero supo que no sería así y que sólo habría burla y compasión. El dolor la para­lizó, la cólera le dio fuerzas para aguardar, una sombra más entre las sombras, mientras el rocío le iba salando las ropas. El jolgorio de la fiesta le llegaba en sor­dina. En algún momento de la noche, una som­bra se desprendió de la sombra de los rollos.
Juan pasó casi rozándola. Aterida, debió pegarse al mamparo del barco para que el hombre no la topara. Pero él iba con la cabeza gacha. Maritza tornó a vigilar el bulto de cabos. La Turca tardó en aparecer. Cuando lo hizo, se apoyó contra la borda. Maritza se acercó sigilosamente. Deseaba abofetearla o arrancarle la larga trenza arrollada sobre la coronilla o simplemente gritar "¡Juan es mío, mío, mío!" y arañarla hasta dejarle el blanco rostro entramado de hilitos cárdenos.
Hasta que vio el pañuelo de gasa. Y entonces sintió a lo largo y a lo ancho de sus entrañas que el odio no tenía cabida en ella: desbordó, como un río, por las manos. Y las manos, solas, tomaron las dos puntas del pañuelo de gasa de la otra y comenzaron a tirar.
Maritza ya no estaba entumecida. Desde los pies bien plantados sobre el piso le venía una fuerza en oleadas que le ayudó a resistir la desesperación de la Turca. Ésta, sorprendida, se debatía inútilmente. El amor la había sometido, había vulnerado su soledad atenta y ahora sentía como un círculo ardiente el pañuelo antes sólo tibio. Intentó arrancar el pañuelo de gasa, mas la tela ya estaba tan ajustada que fue imposible aferrar el tejido. Quiso gritar, pero mal podía expeler el aire que no había aspirado. Se le doblaban las rodillas. Otra vez trató de aferrar el pañuelo convertido en aro de hierro: sus brazos no llegaban tan alto. Se debatió un poco más. Maritza no cedía. Siguió apretando con alegría feroz, sintió que podía cuadruplicar su vigor mientras no aflo­jaba el pañuelo para que la vida de la Turca se le fugara por esa boca que Juan había besado apenas un momento antes.
Juan, pensó, Juan, y dio un tirón espasmódico a las dos puntas de gasa. Oyó un crujidito sordo cuya vibración se transmitió al pañuelo, a sus manos. Y la Turca se derrumbó, los brazos flojos, como una bella muñeca desarticulada. Un último empujón por encima de la borda y sobre las aguas resplandecieron las piernas blancas entre la ropa oscura. Luego el mar se ocupó del resto.
Días después, al llegar a destino, Maritza descendió sin su hom­bre, con un pasaje de tercera usado y el traje de novia bien envuelto en el fondo del baúl.

Libro de los amores clandestinos-Buenos Aires, GEL 1995

4 comentarios:

Gustavo Espeche Ortiz dijo...

Me gustó este cuento, Laura.
Soy Gustavo, el periodista; nos reconocimos y bailamos el sábado último en La Pituca. Ya me hice "seguidor" de tu blog, pero aparecerá una foto mía irreconocible, ya que estoy dentro de un casco, como en mi blog.
Ah, aprovecho para pasarte acá la dirección de mi blog "Crónicas del sur del mundo", ya que no encontré otra forma de mandarte mensajes: cronicasdesdelsur.blogspot.com.
Un beso y hasta pronto.

lauranicastro dijo...

Hola Gustavo: me gustó tu blog por lo variado, ágil e interesante. No fue en La Pituca sino en La Nacional, pero no importa.
Alguna vez te pasé mi mail pero no tengo el tuyo. ¿Cómo se hace con estos caminos cibernéticos? Besos,
Laura
PD: el 15 de julio se presenta una antología de la que participé "Mujeres con pelotas"; son 24 cuentos sobre fútbol escritos por mujeres. Ja.

Gustavo Espeche Ortiz dijo...

Es que "La Nacional" ya no existe. Le quedó el nombre al lugar, porque fue la milonga tradicional de los miércoles, que organizaba Pablito Banchero, la primera en el edificio de la Associazione Nazionale Italiana. El nombre de la milonga de los sábados en ese lugar es "La Pituca".

Edda Diaz dijo...

Laura, soy Edda, me gusto este cuenta su delicado erotismo, su heroicidad. Lindos caracteres femeninos