4 de diciembre de 2009

Hermanita, hermanita

En los atardeceres de estío la pareja de hermanos instala sendos sillones de enea en el porche de la casa (¡buenas noches le dé Dios, vecino!, ¡buenas noches le dé Dios, vecina!).
El forastero llegó pisando fuerte el polvo de la calle principal. Sin equipaje, sin sombra, parece una caña tacuara bajo el sol meridiano; ya las celosías lo han descubierto. Se aloja en el único hotel frente a la plaza, pero nadie sabrá jamás a qué ha venido.
Es bueno ir a misa los domingos. También el extranjero se halla bajo los arcos góticos. Parado junto a una columna, descubre el viejo mantón de encaje sobre el cuello blanco.
La pareja de hermanos sigue instalando los sillones de enea, pero ya no los ponen juntos ni se oye el murmullo de la conversación. Resuenan, eso sí, las pesadas botas del forastero. Son dos los que escuchan atentos. Uno, con zozobra, por que un día dejen de crujir las pisadas; la otra, con angustia, por si algún día dejaran de oírse. Los pasos se acercan y se alejan, sin detenerse, durante el paseo de todas las vísperas.
Ya caducan los jazmines cuando se anuncia el baile a beneficio. La hermana busca en los altos roperos y rescata tafetanes ajados, randas de encaje, gasas transparentes. Ella cose, hundida en nubes de tul en medio del material primoroso. El espejo va develando su imagen de mujer en plenilunio.
Llega la noche del baile. El hermano controla los últimos detalles de su atuendo. Guarda algo en el bolsillo. Frente al espejo –ahora él- se palpa el costado. Ella aparece en lo alto de la escalera de mármol. Baja con un frufrú de sedas que roe la inquietud de él.
La pareja de hermanos llega, del brazo, al salón donde todo es luces y colores. Saludan a derecha e izquierda por el camino que su nombre les va abriendo. Después, ella conversa. Su abanico va y viene mostrando -de a ratos- la sonrisa perfecta, cubriendo –a veces- la mirada que huye hacia la puerta. Deniega bailes, acepta dulces, dispensa halagos.
Alto y siniestro se materializa el forastero en medio del salón. A nadie conoce y nadie lo saluda. Con pasos lentos mide la circunferencia de la pista de baile, pasa delante de los músicos. Está frente a la mujer. Con una seca inclinación la invita. Con un mohín gracioso ella concede. Se desliza en el abrazo del hombre y ambos se amoldan a la forma del otro. Los músicos no se detienen: engarzan una pieza a la siguiente. El desconocido y la mujer tampoco se detienen. Calor y humo enturbian las luces brillantes de las arañas. Ellos siguen girando. “Es hora” le murmura el forastero al oído. Ella asiente y lo sigue a la terraza, al parque. Una luna roja hilvana el vértice de los cipreses. La tormenta se va despegando del horizonte. Los dos permanecen quietos en el aire húmedo mientras sienten crecer la marea que los arrastrará más allá del parque, del pueblo, más allá de la borrasca.
La grava cruje y ellos se estremecen. El hermano los ha seguido, apoya los dedos fríos sobre el brazo de la mujer. Ninguno de los tres ve a los otros dos, pero es como si sus cuerpos se rozaran. Detrás de los cipreses crece un paredón de nubes que va borrando estrellas. Un relámpago lejano, el silencio apremia sobre el parque, no hay luciérnagas, sordo rumor de truenos que se acercan.
La mujer se libera de la helada mano fraterna, se aleja hacia el salón. Adentro todo es luces, brillo. Ella se desliza entre los grupos y si preguntan por el hermano, contesta con una sonrisa que nada dice. El estampido de las centellas se sucede como bombas de estruendo en carnaval. Un rayo hiere muy cerca (demasiado cerca) interrumpe las risas nerviosas. El silencio cae junto con la cortina de agua que, por fin, se desploma desde las nubes.
La silueta del hermano, solitaria, se dibuja en la puerta que da al parque, más pálida contra la luz blanca de un último relámpago.


Colección privada de la autora

15 de noviembre de 2009

El paquete

Con Elsa habíamos decidido llegar temprano a la fiesta.
Sobre los techos de Buenos Aires se cernía una típica tormenta de diciembre y el aire era pegajoso. Además, estaba ese molesto paquete de Elsa.
-Un corte de tela, una oferta de liquidación -dijo sin mirarme, como si buscara a alguien.
Mi entusiasmo inicial se había ido evaporando. Elsa bailaba (por así decirlo) con un hombre insignificante que hacía esfuerzos por gustar, y cada vez que pasaban a mi lado, ella me guiñaba un ojo.
Me senté sobre el antepecho de una ventana y me dediqué a cuidar el paquete. A veces se acercaba algún conocido y conversábamos un poco o bailábamos. Sueltos, porque la tormenta inminente hacía insoportable cualquier contacto. En cuanto podía, me escapaba a la ventana fresca.
Mi amiga se instaló a mi lado. Nos quedamos comen­tando su reciente conquista. Asomó una cara nueva para mí. Sin ningún tipo de transición, ella lo llamó:
-¡Pablo!
Pablo vino. Tenía un par de ojos mansos como no volví a ver jamás y un físico de gimnasio. Creo que en ese momento empezó a llover, pero no tenía importancia: Pablo y yo nos enfrascamos en un diálogo que excluyó al resto del mundo.
Nos fuimos los cuatro cuando ya apagaban las luces. No había medios de transporte y Pablo nos llevó en su coche. Mientras manejaba, contaba las anécdotas de su vida azarosa con una voz que, aun cuando tiempo después ya se me había hecho familiar, seguiría sorprendiéndome por su tono profundo.
Primero bajó el conocido de Elsa. Los tres seguimos hacia las afueras. En un momento me di vuelta y vi a mi amiga dormida, una mano sobre el paquete.
El viaje fue largo, pero no lo sentimos: el sueño de nuestra acompañante nos daba intimidad suficiente como para hablar como si hubiéramos estado los dos solos.
Llegamos a la casa de Elsa. La desperté, bajó apurada. Me di vuelta para asegurar la puerta y vi el bulto sobre el asiento.
La llamé. Ella corría por un largo pasillo de entrada a su casa. Grité más fuerte:
- ¡Elsa! ¡El paquete! ¡Te estás dejando el paquete! -. No me contestó. Pablo tocó bocina dos veces y la llamó con su voz potente. Hasta nosotros llegó el portazo al final del pasillo. El corte de tela quedó sobre mi falda. Cuando con Pablo terminamos de despedirnos largamente, ya el cielo aclaraba.
Ese fin de semana Elsa me llamó a casa. Sólo recuerdo algunas palabras: le pregunté por su conquista.
-Bien. No es hacendado. Arrienda campos; pero no sé, tengo que verlo una vez más antes de decidirme.
No indagué qué era lo que debía decidir porque su pregunta me sorprendió:
-¿Me das el teléfono de Pablo? Me olvidé el paquete en el auto.
-Tu corte de tela lo tengo yo. Un día de éstos te lo llevo. Mañana, si te parece.
-No, mañana no voy a estar. Pero ¿me das el teléfono?
-Entonces te lo llevo algún otro día. Hasta luego.
Fui otro día, es cierto. Pero no había nadie en su casa. Y después no me preocupé más.
El paquete está intacto. Cambié de país, de casa, de muebles, y siempre lo llevo conmigo, porque es de Elsa.
Pera lo que vivimos con Pablo aquel y muchos otros veranos más, eso nos perteneció sólo a nosotros dos.


Colección privada de la autora

31 de octubre de 2009

Verbo

El hacedor de hombres marchaba por un erial de piedra y silencio.
Otros mundos le poblaban la frente.
Tomó un guijarro redondo y le sopló los más secretos sueños.
- ¡Cántalos tú! –dijo, y lo lanzó bien lejos.

24 de octubre de 2009

El flamenco

Cuando salió del huevo era un pollito amarillo. Un día se cansó de picotear el suelo junto a sus hermanos y corrió hasta el estanque. Se tiró al agua y vio que flotaba. Algunos lo imitaron. Desde la orilla, la gallina cloqueaba desesperada y corría de un lado a otro. Él agitó un poco sus miembros bajo la superficie. Advirtió que le crecía una tela entre los dedos de las patas, que se le había aplanado el pico y que sus plumas ahora eran blancas y largas. Al rato, miró para arriba, sintió una brisa que lo acarició. Agitó las alas y levantó vuelo. Se le alargaron el pico y las patas. Las alas le crecieron, extendidas, abiertas, y mientras se mecía (ahora sobre un río etéreo) las plumas tomaron un color naranja, naranja.
Desde arriba vio a la gallina que seguía cloqueando. Vio a un puñado de patos sobre el agua. Enseguida se acomodó sobre otra corriente de aire que lo llevó bien alto y bien lejos.



Texto leído durante las III Jornadas de Minificción, Rosario, 9 y 10 de octubre de 2009

23 de octubre de 2009

Los golpes (Fragmento de La Tigra)

El cuento comienza así:
Esperó a Marisa como todas las noches: con la mesa puesta y la cena en el horno para que no se enfriara. Javier se había acostado. Tampoco él solía dormirse antes de que la hija de ambos re­gresara de la Facultad. Beba miró el re­loj. Se re­trasaba demasiado. Sonó el teléfono.

...

La Tigra - Gel, Buenos Aires, setiembre de 2009