28 de diciembre de 2008

El pato de Julio

Después de papá y mamá (o antes) estaba nuestro tío Julio. Sus visitas nos abrían la ventana al gran mundo: sabíamos con certeza que, en cuanto se cansara de purificarse en el Ganges o de trabajar como guía fotográfico en Kenya o de mecánico en alguna plataforma petrolera, volvería.
Recuerdo muy especialmente una de esas visitas. Había regresado de la selva ecuatoriana y, al igual que otras veces, nos fascinó con sus historias.

Llegó la hora de la cena y apareció la otra gran sorpresa: pato al horno. Ver Julio el pato y querer irse enseguida fue todo uno.
- Me voy, se me hace tarde -argüía-. No me hablen de pato, por favor.
- Pero está delicioso -insistió mamá.
El ¡no! desesperado del aventurero nos paralizó a todos y lo dejamos partir sin explicaciones. Recién hace muy poco me enteré del motivo para esa súbita fobia de mi tío.

Julio había llegado a la selva y estaba fascinado con los árboles altísimos, los helechos, las orquídeas, el grito de guacamayos de colores inverosímiles, los monos. Decidió quedarse un tiempo. Pidió permiso a unos aborígenes para vivir en una choza abandonada y adoptó su rutina: la supervivencia. Se levantaba temprano, recogía leña, después agua que hacía hervir para hacerla potable, pescaba. Mucha soledad y vida contemplativa; le gustó. Pero después de un tiempo las cosas se complicaron.
Una mañana, mientras hachaba leña, se sintió observado. Giró bruscamente pero ... nada. Repitió la maniobra varias veces y siempre veía lo mismo: una tupida pared de vegetación. Buscó el agua, la puso a hervir y luego colocó la marmita a la sombra para que se enfriara. Al mediodía, cuando quiso beber, faltaba una buena cantidad y tenía paja flotando. Julio estaba trabajando para alguien y no sabía para quién.
Todo esto se repitió durante varios días. Aunque Julio vigilara, al cortar leña no dejaba de sentir la mirada en la nuca. Después, sentado como un Buda mientras el agua se enfriaba, seguía con los ojos fijos en el líquido. Se adormecía. Despertaba recién cuando caía de costado y entonces ya era tarde porque el agua había disminuido y tenía alguna basurita flotando.
Un día dejó el agua caliente bajo un árbol y se escondió en su choza. Desde ahí pudo ver cómo un pato se acercaba sigilosamente a la marmita y bebía hundiendo el pico embarrado. Julio salió de su escondite, dio un paso y se detuvo. Al verlo, el pato dio un paso atrás y se quedó quieto. Mi tío avanzó una zancada y el ave retrocedió una. Julio deshizo su camino unos metros y el pato avanzó. Como un espejo, pero ahora sabía quién le robaba el agua.
Primero sintió compasión por el palmípedo, pero cada vez que lo picaban los jejenes mientras trabajaba, maldecía al pato y cada gota de agua que le quitaba. Sin embargo, hubo cambios. En cuanto Julio sacaba la marmita del fuego, aparecía el pato y esperaba pacientemente a que el hombre cabeceara (o fingiera cabecear) para abalanzarse sobre el recipiente. Entonces el trabajador alzaba bruscamente la cabeza y el pato giraba a tal velocidad que, derrapando en el piso de tierra, perdía la dignidad y algunas plumas en la carrera.
Al principio el hombre se divertía porque para eso era el rey de la creación. ¿O sería él quien divertía al pato porque estaba aburrido con tanta selva? ¿Qué otra cosa, si no, podía significar esa curva hacia arriba que tenía la comisura del pico? La pregunta fue carcomiendo todos los fundamentos lógicos de Julio hasta que decidió matarlo. Y, además, comérselo como cuando los guerreros primitivos comían parte de sus enemigos vencidos para adquirir sus cualidades. La pregunta era cómo hacer.
El pato pareció presentir el peligro y desapareció. Julio tenía pesadillas reiterativas. Dios-pato, envuelto en una inmensa túnica de plumas, colocaba sobre un platillo de la balanza de la justicia el alma de Julio y sobre el otro, la marmita de agua caliente. Este último se hundía en un pozo negro sin fondo y arrastraba consigo la balanza entera con el alma de Julio. Él despertaba bañado en un sudor frío cuando el cielo se teñía de arreboles. Adelgazó, perdió el apetito y las fuerzas.
Ya le costaba cortar leña cuando un día lo electrizó la vieja sensación: lo estaban observando. Terminó su tarea y se sentó a vigilar el agua caliente. Por fin apareció el pato, gallardo, moviéndose con elegancia. Burlón. El odio transformó al hombre.
- Mañana te agarro -se prometió a sí mismo.
Y lo cazó. Completó la comida ritual. Le hubiera gustado acompañar el ave asada con vino, pero no tenía y cuando se arrastró bajo el mosquitero, hastiado de tanta comida, se le ocurrió que había tomado muchísima agua porque el humo y la sal le habían dado sed.
- ¡Hoy sí que tomaste toda el agua hervida que querías! -hipó Julio antes de dormirse.
Fue un sueño compacto, de un solo bloque muelle por el que no pasaban imágenes desapacibles. Se levantó con ímpetu silbando la Marcha Triunfal. Siempre le había gustado Verdi. Tenía tanta fuerza, tanto vigor, tan ...
¿Qué era eso que sentía? De no estar seguro de que se lo había comido, habría jurado que el pato estaba espiándolo. Se rió de sí mismo. Tanta soledad ... ya va siendo hora de que me vuelva a la civilización. Buscó agua. Una de las últimas veces, se dijo. La puso a hervir, después la quitaría del fuego, tranquilo, hoy no necesitaba vigilancia. Regresó a la choza y juntó los huesos pelados del pato para enterrarlos. Hizo un paquete con hojas de plátano y salió al claro.
Primero pensó que por el encandilamiento veía visiones. Se frotó los ojos, se pellizcó los brazos, pero seguía viendo lo mismo: bajo el árbol de siempre el pato lo miraba muy arrellanado y digno con el cauto perfil de su mirada roja.


Los ladrones del fuego - Ed. Corregidor

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